La rocambolesca vida de Paco Bru, el técnico de Perú en su primer Mundial


Futbolista, periodista, entrenador, árbitro, directivo. Paco Bru fue uno de los pioneros del fútbol en España. Se cumplieron 133 años de su nacimiento.

MIGUEL ÁNGEL ORTIZ/PANENKA

Como si de un personaje de Homero se tratara, la bruma de la leyenda cubre muchos pasajes de su odisea vital. Dicen los pocos privilegiados que lo sostuvieron entre sus manos que, tiempo atrás, un libro narró con todo lujo de detalles La rocambolesca historia de Paco Bru; libro que, según cuentan, se convirtió rápidamente en codiciada pieza de coleccionista antes de desaparecer, sin dejar rastro, de todas las librerías de viejo. No es para menos: las andanzas de Francisco Bru Sanz discurrieron constantemente entre la épica mitológica y quimérica de las leyendas. Todas las versiones, sin embargo, coinciden en lo más importante: el motor de esa extraordinaria y rocambolesca vida fue el fútbol.   

EL BACK EXPERTO JIU-JITSU

Unos dicen que nació en Madrid, y otros que en las lejanas y exóticas Filipinas; pero coinciden en que fue en 1885. Lo único cierto es que Paco Bru vio desembarcar en el puerto de Barcelona a los aguerridos ingleses con la maleta en una mano y los pelotones de cuero recio en la otra. Y que, en los alrededores de la Sagrada Familia, en el velódromo de la Bonanova y en la plaza de Armas del Parque, con su hermano, se inició en aquel sport de gentlemen tan en boga en la ciudad condal a principios del siglo XX: el foot-ball.

Siempre tuvo claro que jugaría de back. Le motivaban los retos y, en aquel foot-ball romántico, solo dos equipiers defendían al goalkeeper de la amenaza de los cinco forwards rivales. No valían las medias tintas. No se podía temer a la correílla del balón; a lo sumo, anudarse un pañuelo blanco en la frente para rematar los pelotazos que llovían del cielo. Paco Bru acostumbraba a ponerse un colorido casquete del que colgaba una borla desflecada. Tampoco temía meterse una meleé. Había practicado el arte del Jiu-Jitsu, y solía regalar acrobáticos controles al puñado de aficionados que acudían al match. Era todo un sportman: batió el récord de España de lanzamiento de disco y actuó de forzudo en varios circos, retando a los espectadores a vencerle en la arena. Ninguno consiguió que hincase la rodilla.

Zaguero aguerrido, bregador, rocoso, con dieciséis años, en 1902, debutó con del F.C. Internacional presidido por Santiago Femenía. Dos más tarde, alzó su primer título: la Copa Torino. En 1906, fichó por el naciente F.C. Barcelona. En aquel entonces, el club contaba con apenas cincuenta socios que pagaban una cuota de dos pesetas. Los equipiers se costeaban los viajes en tercera clase, repartían entre doce bocas menús para seis y vendían las entradas, a veinte céntimos por silla, entre familiares y amigos. El objetivo principal consistía en alcanzar los cien socios; pero tres temporadas después todo cambió. Paco Bru, con veinticuatro años, se convirtió en capitán del plantel que pasó a la historia como ‘el Barcelona de las diez Copas’. Durante la campaña de 1909-10 nadie pudo batirlos y se coronaron con el triplete: Campeonato de Catalunya, Copa Pirineos y de España.

Bru recordaría muchas veces que, la noche previa al último partido frente al Español de Madrid, la Sociedad Gimnástica Española organizó un espectáculo de hipnotismo en el gimnasio de la calle Marqués, en Leganés, al que acudieron invitados los futbolistas. Alguien entre el público preguntó sobre el resultado del decisivo match al hipnotizado. «Vencerá el Barcelona», sentenció este. Al día siguiente, en el descanso perdían por dos goles a cero. Entre las personalidades que se acercaron a saludar a los futbolistas se encontraba el hipnotista. Y le increparon: «¿Con que íbamos a ganar, eh?». No contestó, como previendo lo que se avecinaba: el F.C. Barcelona remontó en la segunda mitad y vencieron por dos a tres. La afición madrileña los sacó a hombros del stadium.

Al año siguiente, Paco Bru fichó por el eterno rival. En las cuatro temporadas que militó en el R.C.D. Espanyol, se proclamó campeón de Catalunya en dos ocasiones. Su última campaña, en 1915, antes de colgar las botas, volvió a vestir la zamarra del F.C. Barcelona aunque apenas jugó. Dejó unos números nada desdeñables para un back: 201 partidos de blaugrana, y 13 dianas.

UN PERIODISTA DE CAMPO

Siempre supo que era infinitamente mejor jugarlo que contarlo. No disfrutaba lo mismo pateando el pelotón con palabras. Aún así, al retirarse, Paco Bru decidió convertirse en cronista para Mundo Deportivo. Una manera de seguir cerca de su pasión.

En 1916, le enviaron al estadio del Atlético de Madrid para cubrir el segundo partido de semifinales de Copa entre el Real Madrid de Bernabéu y el F.C. Barcelona de Alcántara. En la ida, en el estadio del Espanyol, habían vencido los blaugranas por dos goles a uno. En la grada se comentaba el dudoso segundo tanto culé. Bru se atusaba el frondoso mostacho y respondía con la excesiva dureza que habían empleado los blancos. A pocos minutos del inicio, el tema de conversación cambió: el F.C. Barcelona anunció que saltaría al campo con nueve hombres porque el tren que traía a Vinyals y Massana no llegaría a tiempo.

Arrancó el match. Paco Bru tomó algunas notas en su libreta. Pero se sentía inquieto, como si la grada no fuera su sitio. Se atusó el poblado bigote, una vez, dos, tres. Guardó la libreta en el bolsillo del pantalón y abandonó el graderío. Enseñó su carné de socio al referee. Antes del descanso, saltó al campo vestido de corto. No fue capaz de resistir el impulso de jugar. Escribirlo no era lo mismo que jugarlo. Aunque salieras derrotado, como aquella tarde, por cuatro goles a uno.

En el choque de desempate nació la leyenda de los derbis. Culés y merengues empataron a seis, y hubo que jugar un cuarto partido. Un malentendido con el apellido Bru creó otra leyenda: la de Paco deteniendo dos penaltys al mismísimo Santiago Bernabéu cuando, en realidad, los atajó Luis Bru.

EL MÍSTER DE LAS HERMOSAS FOOTBOLISTAS

Poco antes de retirarse, en 1914, Paco Bru comenzó a dar los primeros pasos como míster. Y lo hizo a lo grande: entrenando a las Spanish Girl’s Club, el primer equipo femenino en España. Contratado por la Federación Femenina contra la Tuberculosis de Barcelona, se comprometió a preparar, en solo 45 días, a un grupo de chicas para que jugasen partidos benéficos.

Aunque algunos periódicos se habían decantado por apoyar el deporte femenino, otros sectores sociales veían en aquellas niñas futbolistas a unos marimachos. Bru les impartió conferencias tácticas para familiarizarlas con las reglas, además de prepararlas físicamente. Exigió que jugasen en pantalones cortos —nada de ropitas remilgadas— y que se duchasen juntas, lo que provocó las quejas de padres, hermanos, maridos y novios. Bru hizo oídos sordos: las cosas se hacían a su manera o no se hacían.

Ningún club masculino quiso jugar contra ellas en su debut el 9 de junio de 1914, en el campo del Espanyol, así que Paco Bru tomó una decisión salomónica: dividió a las chicas en dos equipos, Montserrat y Giralda. Hubo buena entrada, y se concertaron más partidos a pesar de la crítica mediática. En el segundo partido, Bru volvió a ejercer de referee y en El Diluvio hubo quejas por el excesivo alargue del tiempo reglamentario, además de poco entusiasmo por el juego de las chicas. Aún así, se apalabraron tres partidos en Palma, dos en Sabadell, tres más en Valencia, uno en Reus, otro en Tarragona, y se negociaba otro en Pamplona durante los sanfermines para inaugurar el estadio del Punching Club. Si las previsiones se cumplían, incluso jugarían en el sur de Francia.

La gira no pudo arrancar mejor. Sabadell se volcó con las chicas y ellas correspondieron con goles: Montserrat se impuso por un contundente cuatro a uno. Incluso en El Diluvio aparecieron reseñas elogiosas. En junio visitaron el Campo de Tiro de Mataró y jugaron en Barcelona. El 6 de julio, salieron de la provincia rumbo a Reus: la primera frontera de un viaje que se adivinaba largo.

La siguiente parada era Pamplona. Los festejos de San Fermín suponían una gran oportunidad. Desgraciadamente nunca realizaron aquel viaje porque el estallido de la Primera Guerra Mundial obligó a suspender la gira y las Spanish Girl’s Club terminaron desmantelándose. La carrera de Pacu Bru, sin embargo, no había hecho más que comenzar.

EL REFEREE DEL REVÓLVER

En su primer partido oficial como referee, un calentito Universitary contra Atlético de Sabadell, Paco Bru decidió cambiarse entre los futbolistas. Cuenta la leyenda que, tras enfundarse la elegante chaquetilla, sacó un Colt y comenzó a cargarlo con exasperante lentitud. En su etapa de jugador había aprendido una valiosa lección: al referee no le bastaban el silbato y las amonestaciones verbales para impartir justicia en un match. Los pitidos no amedrentaban a una turba enfurecida, no evitaban linchamientos ni tormentas de piedras.

Una vez cargado el Colt, guardó el revólver en el bolsillo de la chaquetilla negra. Miró al personal advirtiéndoles que quería tener la fiesta en paz. Y fue uno de los partidos más plácidos de su carrera como árbitro. Las leyendas, no obstante, cuentan su propia historia y la de aquel partido dice que Paco Bru no dudó en desenfundar cuando el juego se descontroló. Disparó al aire. «Podemos hacer dos cosas», dicen que dijo, «o terminamos con el partido otro día o mañana unos cuantos salimos en las necrológicas».

Está documentado que arbitró las finales de Copa de 1916 y 1917, y años después se convirtió en Presidente del Colegio de Árbitros de Catalunya. Durante los Juegos Olímpicos de Amberes, en los que ejerció de seleccionador, sufrió en la banda haciendo de linesman mientras sus futbolistas se enfrentaban a Dinamarca en el debut oficial de la Selección. Al tiempo que arbitraba, no paraba de gritarles: «¡Rigorismo, señores, rigorismo!».

EL ALMA MATER DE LA FURIA ROJA

Desde su etapa de jugador, tenía maneras de entrenador. Siendo capitán del F.C. Barcelona, prohibió a sus compañeros las salidas nocturnas y el alcohol. En una entrevista para la revista Estampa de 1929, afirmó: «El fútbol era —y es— la síntesis de todos los deportes. Y desde las seis de la mañana ya echábamos al campo a correr a pie, a lanzar peso y disco, hacer ciclismo y pruebas de salto. Así podíamos luego realizar alardes de resistencia, como jugar, por ejemplo, en un mes, 15 y más partidos».

Lo físico se convirtió en un pilar sobre el que edificó su filosofía de entrenador. Tras su fugaz paso por el fútbol femenino, su debut como míster no pudo ser mejor: en 1920 se convirtió en el primer seleccionador español. En un principio se decidió que serían tres los encargados: José A. Berraondo, Julián Ruete y él; pero, a las primeras de cambio, Bru se quedó solo al frente del proyecto con sus dos fieles escuderos: Lemmel como mano derecha, e Isidro como utillero.

No fue la única traba en el camino a los Juegos Olímpicos de Amberes. El Gobierno se negó a ayudar económicamente, y hubo objeciones de muchos jugadores para acudir a los partidos de entrenamiento previos al torneo, como Belauste y Arrieta que habían terminado a trompazos el último derbi vasco. Sin embargo, Paco Bru era un hombre curtido en mil batallas, y aquella no le iba a amilanar.

Confeccionó un equipo potente, luchador, sólido, con una base de jugadores vascos. «Sin vascos no hay selección española», le dijo a Ruete. En Bélgica se jugaba en hierba, y los jugadores del norte estaban acostumbrados a bregar, a los pases bombeados y al derroche físico. Si perdían, no sería por falta de físico. Hizo oídos sordos a las críticas por no seleccionar a ningún madrileño. Aguantó el chaparrón por la convocatoria de Ricardo Zamora. Y su actitud convenció al Marqués de Villamejor, presidente del C.O.E., para avalar el proyecto con 125.000 pesetas de su bolsillo.

Ya en Amberes, Bru demostró que solo le importaban sus jugadores. No escuchó las quejas del tesorero federativo Luis Argüello cuando, siguiendo el ejemplo de los americanos, los futbolistas organizaron un motín contra el Comité Olímpico: habían recorrido media Europa en tercera clase, les habían instalado en un orfanato donde chopos como Belauste tenían que dormir en camas de niños, solo disponían de dos duchas para 20 hombres y ni siquiera tenían un campo de entrenamiento cercano. A lo que había que sumarle la vergüenza de desfilar en la ceremonia inaugural con las camisetas rojas a falta de chandails como el resto de selecciones.

Aquellas dificultades, no obstante, unieron al grupo. Y Belauste resumió su filosofía en una sola frase: «A mí el pelotón que los arroyo». Había nacido la temida furia roja. La expedición regresó a España con la medalla de plata. El Rey Alfonso XIII acudió a la estación de tren a recibirlos. Sin embargo, la Asamblea Federativa premió con una medalla de oro a Ruete y Berraondo, y solo mucho tiempo después acordaron entregársela a Paco Bru, el verdadero alma mater.

EL ENTRENADOR QUE HIZO LAS AMÉRICAS

La odisea de Paco Bru, sin embargo, no había hecho más que comenzar. Tras Amberes, abandonó la Selección y volvió a enfundarse la chaqueta de referee hasta 1924. Ese año dirigió al R.C.D. Espanyol de Zamora y Vantrolá. Y emprendió una gira por las Américas que se presumía corta, pero que duró varios años. Los buenos resultados cosechados en Argentina y Uruguay los llevaron a visitar Chile, Perú y Cuba. Cuentan que Ricardo Zamora salió a hombros de muchos estadios o que la expedición atravesó parte de los escarpados Andes en mula. En el diario Mercurio, el 13 de septiembre de 1926, escribieron: «El equipo visitante es uno de los más potentes que ha pisado suelo chileno». El balance total fue de ocho victorias, cuatro empates y cinco derrotas.

En Perú le ofrecieron entrenar a la selección, pero Bru declinó la oferta. Decidió quedarse en Cuba para dirigir al Club Juventud Asturias durante una campaña. Su momento con la selección de Perú llegó en el Mundial de 1930, en Uruguay, el primero de la historia del fútbol. La historia no pudo ser más extravagante. Le contrataron a tan solo 45 días del comienzo y cuando Bru quiso ver a los jugadores antes de confeccionar la lista, la Federación ya los había elegido por él. Solo disputaron un amistoso antes de viajar a Uruguay, que perdieron por la mínima en Lima contra el Olimpia de Paraguay. En el Mundial, cayeron contra Rumania por tres a uno y contra los anfitriones por la mínima. Bru, no obstante, volvió satisfecho a España: bastante había hecho para cómo se habían dado las cosas.

A su aventura americana todavía le quedaba un último paso, el más intenso. Debido a su gran conocimiento, los desesperados directivos del Racing de Madrid decidieron contratarlo para capitanear una gira que salvase al club de la bancarrota. La expedición no pudo ser más accidentada. El barco en el que viajaban hizo escala en Panamá, y Bru fue invitado a cenar con el general Luis Sánchez Cerro. Mientras cenaban, el general le pidió un favor simple en apariencia: entregar unas cartas en Lima. Bru aceptó sin saber que aquellos papeles contenían instrucciones para el ejército en caso de golpe de estado. Por suerte, los escondió bajo los calcetines y no los descubrieron en el control de la aduana de El Callao. «A mis 46 años ya había sido muchas cosas», recordaba después Bru, «pero no un conspirador, que fue en lo que las circunstancias me convirtieron».

En Perú cosecharon derrotas. En Cuba los pilló la revolución de Machado. Disparos, salvoconductos para acceder a los estadios y revueltas les obligaron a cancelar algunos partidos. En México, cuando parecía que la gira enderezaba el rumbo y volvían a la senda de la victoria, todo se torció en un partido de revancha contra Atlante. Escribieron el 5 de octubre de 1931 en Excelsior: «El público se echó al campo y lapidó a los del team visitante, lesionándolos. […] Nunca en la historia del footballinternacional de México se había registrado un acontecimiento tan deplorable […] en el que la muchedumbre enardecida se lanzó al campo en persecución de los jugadores racinguistas con la intención de lapidarlos».

Paco Bru tuvo que sacar a Gaspar Rubio del campo porque una pedrada le había abierto una brecha en la cabeza. La rocambolesca historia terminó con expedición española encarcelada por las autoridades mexicanas. Solo gracias a la intervención del gerente del hotel donde se hospedaban, también abogado, consiguieron salir de la cárcel. No sin antes pagar una cuantiosa fianza.

La gira terminó alargándose como una enfermedad terminal en los Estados Unidos. En Nueva York los futbolistas del Racing jugaron en la Gran Manzana contra rivales sin prestigio para recaudar dinero y pagar el billete de vuelta a España. Cuando al fin regresaron, gracias a la ayuda de la Federación, se enteraron de que el Racing de Madrid había desaparecido.

EL PRIMER GRAN HOMBRE DE FÚTBOL

«Ya te dije que a la Virgen de las Angustias se debería el milagro si nos apuntábamos el resultado favorable», declaró Paco Bru a Mundo Deportivo el 22 de noviembre de 1941. «Hoy ha jugado la protección divina con nosotros». Viendo su espectacular periplo vital, es fácil pensar que la protección divina no solo había jugado a su lado aquella tarde que el Granada, club al que dirigía, había empatado con el Espanyol en Sants en su estreno en Primera División. Eso sí: en sus dos temporadas como técnico, los granadinos alcanzaron el récord de 20 victorias que se mantuvo imbatido durante 75 años. Ahí, quizás, poco tuvo que ver la mano de la Virgen.

Su larga carrera como entrenador en España había comenzado en 1933 dirigiendo al Nacional Madrileño. Las dos siguientes campañas las vivió al frente del Real Madrid, con el que ganó dos Copas del Rey. Durante la Guerra Civil, de vuelta en Catalunya, entrenó al Girona dos temporadas antes de volver a la capital al acabar el conflicto. Tras un año a los mandos de un mermado Real Madrid, fichó por el Granada. Su periplo como entrenador culminaría tras una temporada en el Málaga y otra en el Córdoba.

Con casi 60 años, se retiró uno de los primeros grandes hombres de fútbol que lo había sido todo: jugador, árbitro, cronista, seleccionador, entrenador, tesorero, directivo. Y que lo había visto todo: el fútbol había cambiado de noble sport a negocio multinacional al mismo tiempo que él envejecía. Él se había formado como equipier hinchando balones, parcheándolos y recosiéndolos. Él había sido uno de los pioneros que, a finales del siglo XIX, había hecho oídos sordos a las críticas de la Asociación de Padres Púdicos de Barcelona por jugar a aquel impúdico sport en pantalones cortos. Él había crecido con aquel footballromántico en el que, tras los partidos, los jugadores se reunían en la Chocolatería Aribau o en Can Culleretas o en la cervecería Moritz. Nada de eso quedaba ya.

Solía recordar Paco Bru que, en 1902, con motivo de la coronación del Rey Alfonso XIII, Carlos Padrós organizó en Madrid la primera Copa de España. El R.C.D. Espanyol quiso contar con sus servicios pero, al ser menor de edad, su padre no dio el consentimiento y no pudo jugar. Tanto le disgustaba aquel juego de bigotudos y barbudos, que su padre quiso apartarlo del balón mandándolo a una escuela en Manresa.

El director, unos meses después, viendo su facilidad para las matemáticas, le pidió al joven Paco Bru que explicase álgebra a sus compañeros. Y así lo hizo. Unos días después, sin embargo, utilizó la pizarra para dar lecciones de fútbol. Aquellas clases se volvieron tan famosas entre sus compañeros que hasta su profesor terminó acudiendo. Poco después, montaron el primer campo de fútbol de la ciudad.

Festival Minuto 90
Minuto 90 es un festival de cine de fútbol organizado por la Asociación Cultural de Fútbol originalmente realizado en Lima. En 2016 fue realizado además Arequipa y Cusco. Así también se llevará a cabo en 2017 en las ciudades colombianas de Barranquilla y Bogotá. La Asociación pretende, con el apoyo de distintas entidades públicas y privadas, comunicar la culturalidad y humanidad del fútbol a través de actividades culturales gratuitas.
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